Maramures (distrito en el Norte de Rumanía)

Botiza - Maramures - CC Blacklili

Botiza – Maramures – CC Blacklili

Todos los países tienen alguna cosa especial. Nunca os han preguntado despectivamente al mencionar un viaje que vais a hacer…¿Y qué hay para ver ahí? Normalmente, respondemos con el nombre de unos cuantos lugares que hemos visto recomendados en la guía de turno.  Lo que de verdad respondería es que todos los países del mundo tienen algo especial. Hacer km a través de un país es realmente revelador si nos fijamos en los detalles que vamos viendo. Es así, con un mapa y un coche de alquiler, como una noche de Agosto de 2005 entramos por una pequeña frontera secundaria a Rumania.

Llegamos a la frontera de noche, después de haber viajado durante cuatro horas desde el aeropuerto de Budapest. Lo que no habíamos planeado debidamente es que aquí las distancias se duplican o triplican. Y no diré que no sea interesante viajar de noche por el norte de Rumanía, pero también es algo surrealista. Puedes encontrar coches aparcados en medio de la calzada, gente caminando o en bicicleta por medio de la carretera (incluso a las tres de la mañana), y carros movidos por caballos que no llevan ningún tipo de luz . Todo esto se mezcla con la mínima luz en el alumbrado de los pueblos, pues la mayoría están prácticamente a oscuras. Además las carreteras que recorrimos hasta llegar a nuestro destino, Botiza, estaban en pésimas condiciones.

La ruta que decidimos tomar seguía el siguiente recorrido: de Budapest entramos a Rumania por el noroeste, dirigiéndonos a la región de Maramures. Recorrimos Maramures y partimos hacia el centro, a Transilvania.

Nuestro viaje coincidió con las inundaciones que hubo en Rumania en Agosto de 2005, aunque tuvimos la suerte de no tropezar con ninguna complicación seria. Eso sí, retrasamos un día el recorrido hacia Transilvania por precaución. De todas maneras, la lluvia que nos acompañó durante los dos primeros días no dificultó prácticamente para nada el viaje. Llovía copiosamente por la noche y a primera hora de la mañana, y hacia las diez, cuando dejábamos la casa, chispeaba o aparecía el sol. Personalmente, pienso que la lluvia añadió encanto… acompañaba al paisaje.

Elegimos Botiza (muy acertadamente) como punto central desde el que íbamos a movernos por la zona. Era un pequeño pueblo con casi todas las casas de madera, coronadas por tejados también de madera o chapa y rodeadas de abundante vegetación, dando al lugar un aspecto de cuento, quizá de un cuento algo tétrico. Porque no hay duda de que si hay un lugar que haya visitado y me parezca salido de una película, es Maramures.

Cuando finalmente, después de perdernos varias veces, llegamos a nuestro destino, eran ya las 4 de la mañana. Nos sorprendió la amabilidad de nuestros anfitriones, que nos guiaron por teléfono varias veces y nos esperaron hasta que llegamos a las tantas de la madrugada. Valió la pena. Quizá por eso nos maravilló tanto el pueblo al día siguiente, encontrar ese lugar remoto nos había llevado nuestras horas (12 para ser exactos). Cansados, subimos exhaustos hasta las habitaciones que nos habían preparado. Estaban dentro de su propia casa, acogedora y espaciosa, donde predominaba la madera allí donde miraras.

Las casitas de Botiza rodeaban una iglesia ortodoxa pintada de color blanco, al lado de la cual se encontraba otra iglesia, construida íntegramente de madera. Iglesias de película, de verdad. Y los cementerios que las rodeaban daban el toque de gracia.

Estas iglesias de madera son uno de los iconos más conocidos de Maramures. Se veían por todas partes.

Las montañas que rodéan Botiza son de una gran belleza. El agua corre por todos lados, ya que la zona es muy húmeda, y los caminos que suben a las cimas están flanqueados por bosques oscuros y cerrados. En las afueras de éstos, los animales pastan a sus anchas. Por el camino podríais encontrar bonitos caballos marrones que os mirarán si paráis a hacerles una foto.

Uno de los lugares que no se pueden dejar de visitar en Maramures es el Monasterio Ortodoxo de Barsana. Es una agrupación de las típicas iglesias de madera de Maramures, junto con las casas donde viven las monjas. El conjunto parece salido de un paraje élfico, o al menos así es como yo lo imagino. Las construcciones, combinadas con el entorno y los cuidados jardines que rodean todo el complejo, lo convierten en un lugar mágico.

Otra de las iglesias que vale la pena visitar es la de Sapanta. Según el extraño guarda que la vigilaba, cuando estuviera terminada sería la iglesia de madera más alta de Europa. Aunque todavía se encontraba en reconstrucción, prácticamente ya se podía apreciar por completo.

En Sapanta se puede visitar también un extraño cementerio con un extraño nombre, el “Cementerio Feliz”. Las cruces de las lápidas son de madera pintada de un vistoso colorido azul, grabadas con dibujos de la vida del difunto y con inscripciones que nos dicen algo sobre él. Las cruces fueron comenzadas a esculpir en 1934 por Stan Patras, un experto carpintero, y continúan en la actualidad. Granjeros, labradores, cosedoras, niños y niñas…toda la comunidad está plasmada en este espacio. En general está bastante cuidado, aunque hay algunos rincones que necesitarían algo más de jardinería.

La tarde que visitamos Sapanta ya nos despedíamos de esta region tan especial. Después de una copiosa cena servida por nuestros anfitriones (y de los brindis de rigor) subíamos a descansar para seguir con nuestro trayecto hasta… Transilvania!

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